EL VALOR DE LOS HIJOS
EL
VALOR DE LOS HIJOS
El tiempo pasa muy rápido, casi sin
darnos cuenta estamos celebrando un cumpleaños más, otra navidad, llega el “año
viejo” y esperamos otro año nuevo; con el pasar del tiempo se acorta la vida; los
niños son el termómetro del avance de los tiempos, crecen, se desarrollan, los
dejamos en la escuela, van al colegio, a la universidad, y pronto volarán lejos
de su nido materno, en pos de su propia vida. Es una ley natural que no la
podemos evitar, ni cambiar; pero, sí la podemos aprovechar.
Los hijos son la prolongación de la
vida, constituyen la herencia de Dios; no están por casualidad ni por
coincidencia, están con un propósito y
es necesario ayudarles a descubrir ese propósito guiándoles sabiamente.
“De tal palo tal astilla”, es el refrán
popular que señala que, así como es el padre, así también es el hijo; y, creo
que tiene razón porque, generalmente, el reflejo de los padres se lo puede
apreciar en los hijos.
La infancia es una etapa única,
especial y muy importante para enseñar principios y valores, que nunca se van a
olvidar; los niños son tierra fértil donde los padres podemos, fundamentalmente
con el ejemplo cotidiano, plantar semillas de verdad, honestidad, lealtad,
solidaridad, tolerancia, amor, respeto; y, así mismo, podemos cuidar siempre para que esas semillas puedan crecer y,
a su tiempo, dar buenos frutos.
En la antigüedad no existía una
educación formal, ni sistematizada como la tenemos ahora; en el Medio Oriente,
en Israel, la educación era única y exclusivamente responsabilidad de los
padres; los padres eran los responsables de formar, educar, enseñar principios
y valores a través de la enseñanza oral; no existían escuelas, ni públicas, ni
privadas, tampoco universidades, solo la familia era el único centro de formación
integral; Los padres estaban capacitados para guiar la formación social,
económica y espiritual de sus vástagos; se fomentaban los espacios de
comunicación, para transmitirles lo que ellos, a la vez, habían aprendido de
sus padres; de esta manera se mantenían las buenas costumbres y hábitos por
generaciones.
Los israelitas tienen, dentro de su
legislación, una categórica disposición: “Y estas palabras que yo te mando hoy,
estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando
en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes”(Deuteronomio
6:6). Este es un claro ejemplo del tipo de enseñanza familiar que debemos
imitar.
En la actualidad, por el contrario,
estamos olvidando nuestro derecho y responsabilidad de formarlos; estamos
delegando a terceros nuestra obligación de educarlos; estamos descuidando
nuestro compromiso de instruirlos; sin darnos cuenta, estamos dejando a
nuestros hijos, a merced e influencia de falsos maestros, como la televisión, redes
sociales, modas y corrientes culturales foráneas y peligrosas.
Tenemos una gran responsabilidad y,
por qué no decirlo, un privilegio, el de ser padres; pero, padre o madre no
solo es proveer a los hijos de cosas materiales, darles de comer, trabajar para
que estudien y sean profesionales; no solo es dejarles una herencia de bienes;
o, llenarles de tecnología; padre es, esencialmente, aquel que provee, a sus
hijos, de atención, comprensión, ánimo, amor, comunicación; padre es quien
disciplina con amor, no descargando su ira; padre es quien enseña el camino de
Dios, no como tradición o religión; sino, como un modelo de vida; padre es quien
entrega el mapa de vida y acompaña hasta donde pueda, o sea necesario; hasta
que, luego, permite que sus hijos construyan su propio destino; padre es quien
suspira preocupado cuando el hijo cae y sonríe satisfecho cuando éste triunfa.
Algunas ocasiones pensamos que los
niños no entienden, que no se dan cuenta de las cosas, o ignoran la realidad de
la vida y no es así; ellos se dan cuenta cuando el padre miente, o cuando falta
a sus promesas; ellos perciben cuando la madre es vanidosa o religiosa; conocen
bien el ambiente que viven en sus hogares; saben los problemas de amargura e
hipocresía que viven dentro de la familia; como también, sienten el amor que les
transmiten sus padres, sienten la alegría de saber que son atendidos, perciben
el esfuerzo que hace el padre y tratan de ayudar a la madre cansada y
sacrificada.
Todo esto lo viven a diario, ellos
tiene dos micro cámaras fotográficas, en sus pequeños y delicados ojos, que
captan imágenes que nunca más se borrarán de sus poderosas memorias; ellos tienen
dos perfectas antenas parabólicas sofisticadas llamadas oídos, que registran palabras,
sean de aliento o desánimo, que marcarán sus destinos; además, tienen
incorporado un centro de información muy frágil, llamado corazón, que en manos
equivocadas, se convertirá en una peligrosa
bomba de tiempo; pero, en manos sabias, servirá de puente y de fuente
para hacer feliz a muchos.
Por lo tanto, es urgente y necesario
dar atención sincera y oportuna a nuestros hijos, especialmente cuando están
pequeños; porque, así como un tallo tierno, que está torcido, se puede poner
apoyo para que se enderece; así mismo, se puede aprovechar la niñez para corregir
y educar.
Lo que tenemos que hacer, en primer
lugar, es pasar más tiempo con ellos, no solo de cantidad, sino, fundamentalmente
de calidad; recordemos que el tiempo pasa y no espera a nadie; luego, hagamos
nuestros mejores esfuerzos, para incidir adecuadamente en la educación de
nuestros hijos, procurándoles el desarrollo de valores no solo morales; sino, principalmente,
espirituales; así como invirtieron su tiempo nuestros padres para enseñarnos la
oración del padre nuestro, invirtamos el nuestro, para enseñarles el
significado del padre nuestro, de las consecuencias de la desobediencia, de la
vida de Jesucristo, enseñémosles sobre
la vida después de la muerte; pero, con argumentos Bíblicos y no solo con fábulas
que, no solo confunden, sino que, no son ciertas; no pensemos que es muy temprano
para hablarles de la Biblia y sus enseñanzas. Un predicador refiriéndose a los
niños dijo “si saben diferenciar entre Mike Mouse y pato Donald, saben entonces
diferenciar entre lo bueno y lo malo”.
Cuando nos encontramos con un niño o
niña y saludamos, no sabemos frente a quién estamos; puede ser que sea, en el
futuro, un delincuente del cual debemos alejarnos; o, un médico al cual, algún
día, debemos buscarlo; hasta que eso suceda, nuestra responsabilidad es
enseñarle, instruirle, no solo para que se defienda en la vida terrenal; sino,
para que disfrute de una armoniosa y placentera vida espiritual.
La estructura física de un niño no está
diseñada para ninguna clase de maltrato, sea verbal o físico; peor para
destruir su estima; su piel es muy frágil y sus emociones delicadas. Ellos
están formados para el buen trato, para bendecirlos, para darles palabras de
motivación, están diseñados para la consideración y respeto; porque todo niño
es único, especial y un genio por naturaleza; hemos visto que los golpes no
cambian su comportamiento ni mejora su personalidad; imponer la razón con
violencia nunca ha sido un método efectivo, porque el problema no está en ellos,
sino, en los padres que ignoramos la forma adecuada de educarlos.
En tiempos del Gran Maestro Jesús, mucha
gente lo seguía por sus milagros, también por escuchar sus enseñanzas,
incluidos los niños; en una ocasión, mientras el Maestro enseñaba, se acercaron
los niños, estos pequeños percibían que Jesús era un hombre diferente, sabio,
cariñoso, alegre; se dieron cuenta, por su sensibilidad, que era un hombre
afectivo y, como son espontáneos y sinceros, salieron corriendo a tocarle, sus
discípulos, inmediatamente trataron de impedírselo, pensaban que molestaban al
Maestro; pero, Jesús no los rechazó, ni menospreció, por el contrario, los
animó, los tomó en sus brazos; y, me imagino, hasta jugó con ellos y dijo: “Dejen
que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan porque de los tales es el Reino
de Dios”.
Este es un claro ejemplo del trato y
la consideración con aquellos que, no solo son el futuro de nuestra patria;
sino, el presente y nuestro más valiosos tesoro.
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